Los emprendedores no patean piedras

Los nuevos aires tecnológicos en las economías de países a medio morir saltando como la chilena, se han transformado en algo más que una muletilla cuando se habla de progreso, desarrollo o fuerza empresarial. Es hoy una especie de amplio paraguas que reúne –apretujados pero impostadamente optimistas– a una serie de variopintos personajes que con más o menos suerte, más o menos dinero y más o menos contactos, van por la vida autocalificándose de la neo profesión de la universidad de la vida: los emprendedores.

Los emprendedores y los proyectos digitales son ahora inseparables. El título parece magnificente. Es el calificativo digital de los quijotes del siglo XXI, que como dice la RAE, “emprenden con resolución acciones dificultosas o azarosas”. Nadie niega que iniciar negocios es algo particularmente arriesgado, pero ¿cuántos emprendedores son los González o Tapia en Chile y cuántos son hijos de la oligarquía que tan bien  históricamente protege a los suyos? ¿Quiénes son los que arriesgan? No nos engañemos y aceptemos que no existe mérito alguno al acudir a la red de contactos en la que nos desenvolvemos: colegio, preuniversitario, universidad, magíster, tíos, primos, etc. Al final, yo solo canto: había tanto sol sobre las cabezas…

Un comodín de la buena conciencia es el término emprendedor en este país/jaguar revisitado, que quiere más Googles y buena vibra, pero que es incapaz de superar sus desigualdades sociales endémicas.  Un concepto que se escribe con tinte derechista disfrazado de esfuerzo y talento individual, o a lo más de “networking”, palabra pálida e insulsa que modernísima llegó a desterrar a las antiguas cooperativas. Esa idea del trabajo esforzado para alcanzar no una situación económica decente o una vida  tranquila, si no asuntos más brillosos y elocuentes como el éxito, la fama, el reconocimiento. El negocio para los flashes del Flickr, del blog y del Facebook: la palmada en la espalda 2.0 de la galería sedienta de los meetings empresariales.

Así, fulano dice “yo soy un emprendedor” y la verdad de las cosas, pienso si lo que realmente quiere decir es que es un desempleado, un hijito de papá, no tiene profesión oficial o es simplemente un oportunista. Echo de menos cuando menganito decía “me puse con un negocito”. Hablar en pequeño ya está prohibido en Chile. Uno no pone negocitos, uno EMPRENDE PROYECTOS. Lo que antes era la suerte que ayudaba o no a sacar a flote cada mes a la PYME, ahora resulta ser un mar de dificultades que un Hércules emprededor logra sortear gracias a la voluntad y la valentía de una buena idea. La creencia publicitaria de convencer que en Chile, para  tener una buena vida, solo hacen falta ganas. La realidad con más Gabriel Salazar y menos “¿Quién se ha llevado mi queso?” ha quedado en el olvido. Pero claro, supongo que de eso no se tratan los negocios y además yo no sé nada de quesos.

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2 comentarios

  1. Al final mencionas una relación entre esta versión criolla del capitalismo (el emprendedor) y la autoayuda. Es muy interesante cómo se hacen sinónimos la búsqueda de la felicidad y de éxito empresarial. Y de cómo la mística de una empresa proviene de, justamente, la mente sana de un líder.

    Al menos la ética protestante se daba menos vueltas.

  2. sí, en cierto sentido, uno se pregunta si el modelo de negocios digital con sus emprendedores y todo, tiene cabida en una tradición católica romana.

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